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Novela
libro electrónico de Liana Acero de la Cuesta,
con ilustraciones de Delia Eftimie
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He aquí un fragmento de esta novela encantadora.  

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Abriéndose la cremallera se sacó un fláccido pene y se lo pegó a su cara.
—¡Bésamela zorra! ¡Pónmela dura! —le chilló con una voz aflautada.
De todo aquello lo que más recordaba Sara era aquel olor repugnante a
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pescado podrido que aquel ser despedía de sus genitales sudorosos. Todo lo demás intentaba olvidarlo...
Después de aquello, sufrió una especie de colapso, cayó enferma durante mucho tiempo. Trajeron un médico de familia, que parecía ser ya conocido por el lugar, que la atiborró de tranquilizantes. Aquel hombre no sabía nada de lo que ocurría, aunque se lo imaginaba, pero lo que desde luego no sabía era que todas aquellas hermosas mujeres se hallaban prisioneras en aquella casa. Era imposible comunicarse con él para que trajera ayuda de fuera, de ninguna forma. Franco, el hombre de confianza de Carlos estuvo pegado a él durante todo el tiempo que permaneció en la mansión, y las otras mujeres no podían salir de sus habitaciones. Aunque aquélla no era la primera vez que aquel doctor había ido allí para tratar a alguna de aquellas mujeres, de ahí que debería de estar al tanto ya de que iba todo aquello. No se las veía maltratadas, sino todo lo contrario, así que era imposible sospechar nada incorrecto en aquel lugar, sólo desde luego que era una casa de alterne, y del mejor, como a él mismo se lo habían ofrecido cuando había acudido allí, más de una vez. Pero no había nada inusual de lo que se pudiera sospechar. Nada más. Desde luego se extrañó de que Sara no pronunciase palabra, y de su mirada perdida, pero la triste historia que le contaron de su marido muerto apaleado por unos heroinómanos a la vista de ella fue más que suficiente para que el doctor no encontrara demasiado anómala su situación actual. Pero aquellos anormales temblores de los que era presa Sara en aquellos momentos eran nuevos para ella según le dijeron. Así que le recetó calmantes, que la indujeron al sueño, y parecían haberla mejorado, después de unos cuantos meses. Al marcharse de la mansión, el pobre medicucho se sentía muy importante, pues todos le hablaban de lo bien que les iba gracias a él. Desde luego se habían sabido buscar el hombre apropiado para aquel lugar, eficiente pero imbécil, y no demasiado hablador; eso precisamente era lo que más interesaba allí.
Aquella situación especial, aquel descanso duró muy poco para Sara. A Franco no le importaba que hubiera tenido un colapso nervioso y que ahora estuviera muda. Carlos había dado la orden expresa de que continuara en su trabajo estuviera como estuviera. Sus compañeras trataban con todas las artimañas posibles de evitarla los peores clientes, como el barrigudo que la hizo caer enferma, ofreciéndosele ellas mismas. Pero Franco sabía lo que estaba ocurriendo, y tomó cartas en el asuntó. Bajo las órdenes de Carlos, se convirtió en su chulo, probándola primero, antes de que la tocara ningún otro, quería saber si el ganado estaba en perfectas condiciones para volver al trabajo, y lo hizo a fuerza de golpes. Sus lágrimas no le importaban. Le estaba enseñando a trabajar, y tenía que obedecerle. Era demasiado indómita. Carlos había preparado bien a Sara y a todas las demás. No había prácticamente nada que no les hubiera enseñado ya. Pero aunque la relación con él hubiera sido enfermiza y repugnante, nada de lo aprendido era igual que todo aquello que se veían obligadas a hacer en la casa, y los hombres que acudían a ella tampoco se parecían a su maestro (a Carlos todas le habían amado, incluso ahora lo seguían haciendo).
Franco se había convertido en su chulo, y era el chulo que las mujeres más temían, el más cruel, el más feroz. Le gustaba pegarlas en la cara, le gustaba que todo el mundo pudiera ver las señales de su furia en las mujeres que le pertenecían. A una de ellas le partió los dientes contra una mesa de mármol, y a otra la rompió la nariz. Aunque con Sara tuvo algo más de cuidado, al fin y al cabo era la protegida de Carlos y éste no la quería estropeada. Aunque decía que los moratones en la cara y los párpados hinchados le sentaban bien. Pero después de unos años con ella, algo estaba cambiando en el comportamiento de aquel hombre cruel. Parecía estarse ablandando. Ahora cada vez que se veía obligado a golpearla con violencia, después parecía arrepentirse, se sentía mal, cada vez peor y la colmaba de besos y de caricias, y la cogía con ternura y la dejaba en la cama tapándola como si de un padre se tratara. A veces Sara podía ver como los ojos de él se llenaban de lágrimas cuando la maltrataba, como si alguien en su interior poseyera su espíritu, y estuviera haciendo algo que no quería hacer, pero que no podía dejar de hacerlo. Carlos sabía bien que aquel hombre era un enfermo. Y a Carlos le gustaba como Franco sufría por lo que hacía. A Sara le parecía que las palizas que Franco le propinaba ya no eran tan fuertes, y cada vez eran más distanciadas. Tal vez era que sé estaba habituando a ellas. Pero ya no temía que entrara en su habitación, incluso a veces, si se retrasaba, le echaba en falta y se ponía nerviosa. Un buen día, de buenas a primeras desapareció, estuvo meses sin entrar en la habitación, aunque Sara sabía que no se había marchado, que andaba por allí. Había una remesa de nuevas y él tenía que adiestrarlas. Sara sintió dolor, mucho dolor, y muy profundo como si viniera del interior de su alma. ¿Era posible que sintiera algo por aquel ser que había sido su verdugo durante tres años? Sí, era posible, su mejor amiga y compañera Arnette le afirmó que aquello ocurría muchas veces. La víctima se engancha de alguna forma con su verdugo, y llega un momento en que lo necesita, que necesita su violencia, sus maldiciones, lo que sea... aquel lugar enfermaba a cualquiera, y si algún día salían de allí nunca serían las mismas que habían sido...
Sí, era todo tan terrible tan enfermizo, tan patético en aquel lugar, ¡sentir amor por tu verdugo!...
Y así era, podía recordar su ternura después de las palizas, como besaba su frente, con que delicadeza tocaba su cara magullada, besaba sus labios rotos y ensangrentados. Y a ella le pedía que le hiciera daño a él también, que le golpeara, que le mordiera, que le hiciera sufrir...
Su vida era una locura de la que nunca podría ya escapar. No podía discernir el bien del mal, el dolor del placer. Allí todo estaba unido, todo era igual.
Pasó en aquel lugar siete largos años. ¿Cómo no iba a cambiar?, ¿Cómo no iba a tener sentimientos extraños, encontrados? La habían maltratado, la habían castigado sin comer, la habían tenido encerrada en una habitación en la que sólo había un catre tirado en el suelo y una taza de wáter. Días y días sin lavarse, oliendo las emanaciones que su propio cuerpo despedía, sin luz eléctrica, cuando se iba la luz del sol que apenas entraba por un estrecho ventanuco de la pared. Pero nada de todo aquello había podido con ella. Desde el estreno de su primer día en el que cayó en aquel colapso nervioso, la habían infligido cientos de castigos, por no saber comportarse adecuadamente con los clientes. Cada vez que la castigaban parecía volverse más obediente, y se comportaba tal y como querían que lo hiciera. Pero no tardaba demasiado tiempo en volver a rechazar a los clientes, sobre todo a los que la exigían trabajos a los que ella consideraba anormales y asquerosos. Ninguno de los castigos había logrado que cambiara su actitud para siempre, hasta que apareció él. Sara estaba echada en el catre, no se movió cuando se abrió la puerta y un chorro de luz penetró en la habitación. Franco se acercó a ella y le habló dulcemente:
 —No quiero hacerte daño, no me obligues a hacértelo. Yo recibo órdenes y tengo que cumplirlas. Mi vida depende de ello. Éste es mi trabajo y tengo que hacerlo.
Intentó levantarla tomándole del brazo, pero se le escurrió como si fuera un pez. Estaba delgadísima, apenas había probado bocado desde que la habían encerrado. Su debilidad era tan extrema, que ya no podía moverse nada en absoluto. Franco la cogió en brazos como sí se tratara de una niña, y la sentó sobre sus rodillas. Se sintió muy impresionado al verla. No podía abrir los ojos, que estaban vacíos y sin vida. Intentó meterle la cuchara de comida en la boca, pero se le escurría por un lado de los labios. No podía tragar, demasiado tiempo sin comer. ¿Cómo habían llegado a esto? ¿Qué mal había hecho esta mujer para recibir semejante castigo? Había posiblemente cientos de mujeres dispuestas a hacer lo que ella se negaba a hacer. ¿Por qué Carlos se empeñaba en que aquella mujer hiciera ese trabajo? ¿Por qué la odiaba de aquella forma?
Sara tenía los dientes amarillentos y le sangraban las encías. Franco ya no pudo aguantar más aquello ni un sólo momento más. Solía ser un hombre frío y sin escrúpulos, pocas veces, muy pocas, tal vez ninguna había sentido piedad por ninguna de aquellas mujeres. Pero aquella mujer había despertado en él sentimientos que se hallaban ocultos en su corazón durante años y años. La sacó de su encierro desobedeciendo las órdenes de Carlos, sabiendo a lo que se exponía con todo aquello. Llamó a dos de sus chicas, para que le ayudaran, lo hicieron con gusto. No entendían por qué trataban a aquella mujer de aquella forma, Sara había sido una de las mujeres que más castigos había recibido allí. Decidieron avisar al medicucho. Sabían que aquel hombre no se iría de la lengua, aunque a ninguno de los que allí estaban parecía importarles ya que lo hiciera o no.
Sara se fue recobrando poco a poco, con ayuda de los cuidados de Franco y de las demás mujeres. Todas querían que Sara entendiera que era mucho más importante su vida que su negativa a acostarse con quien fuera. Cualquier cerdo de los que pasaban por aquella casa era mejor que lo que ella había sufrido en aquel encierro.
Sara quería saber a toda costa quién la había ayudado a salir de su reclusión, pero parecía que nadie quería soltar prenda al respecto. Todo el mundo guardaba silencio. Las mujeres que habían ayudado a Franco no dirían nada, le temían demasiado. Los demás ni siquiera se atrevían a indagar. Aquel hombre podía ser muy peligroso.
Pero cuando Sara se recuperó del todo lo primero que hizo fue acudir al despacho de Franco para decirle que ya estaba preparada para comenzar cuando él quisiera. Él estaba ensimismado, intentando ordenar el papeleo que tenía sobre la mesa de su despacho. Alzó la vista, y observó a Sara. Los ojos de él brillaron por unos instantes. Intentaba contener la emoción que le embargaba al volverla a ver nuevamente recuperada.
—Te quiero demostrar lo recuperada que estoy —dijo acercándose a él. Y clavando sus rodillas en el suelo se abrazó a sus piernas mientras que le bajaba la cremallera del pantalón. Franco se agachó hacia ella, y la levantó con sus fuertes brazos, pero sin hacerla daño. Le tomó el rostro con ambas manos, y la beso profundamente en los labios, con exagerada dulzura, como nunca nadie lo había hecho.
Nunca más tuvo que acostarse con babosos repugnantes, sólo los mejores eran para ella. Los más educados, los más amables, los más jóvenes y dulces, todos ellos Franco los elegía para ella. Sin embargo ahora hubiera hecho todo lo que él hubiera querido que hiciera. El era ahora su dueño y ella haría todo lo que él quisiera. Sería su esclava para siempre.
Nadie supo nunca lo que había ocurrido. Ni quién había dado la orden de cierre. Pero un buen día, afortunado para muchas de las mujeres que se encontraban en la casa, tuvieron que salir de allí prácticamente con lo puesto. Aquel lugar se cerraba, la policía había ordenado su clausura, también la busca y captura de Carlos y sus hombres, entre los que se encontraba Franco. Ahora todo aquel horror iba a terminar, pero sin embargo Sara no sentía felicidad, no sentía alivio, sino tristeza, una extraña tristeza en su corazón. Precisamente ahora, cuando velaba en su vida un pequeño atisbo de felicidad, precisamente ahora tenían que abandonar aquel lugar. No era la única que sentía aquello, sus compañeras tampoco estaban demasiado contentas. Era algo similar a lo que les sucedía a los presos cuando después de una larga pena de cárcel tienen que abandonarla. Es algo natural, pues después de tanto tiempo no saben cómo enfrentarse a su nueva situación de libertad. Solo había una cosa que le daba fuerzas para salir. Sus deseos de venganza. Buscaría a Carlos dondequiera que estuviera (la policía aún no lo había encontrado), Y acabaría con él: no sabía cómo pero lo haría.

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